sábado, 30 de junio de 2012

Recibiendo a Günter Eich

Nublado, aquí siempre está nublado.
El aire hiede a la boca de un monstruo de pantano que se tragó a un viejo cadáver, también huele a leche rancia de una inocencia caduca; deseo infinito de seguir devorando.
Pájaros vuelan cautelosos, como quien ve al vacío para sentir la emoción de la mortalidad, pero volteando también a todos lados para evitar ser arrojado. Poner los ojos sobre la decadencia es un espectáculo único (mientras no se trate de uno).
Aquí sólo aterrizan los insensatos, como tú; los demás los trae la corriente del alcantarillado, les dicen los cansados, a otros los enfermos.
El cuerpo es bien apreciado, pero también desechable; puedes comprar unas cabezas que te hagan compañía y sean tus amigas, buscar en la basura brazos que te sean de utilidad, algunos riñones e hígados para alimentar a los perros y hasta puedes obtener unos labios frescos para amar (ten cuidado, la mayoría están deshechos).
Te digo que aquí siempre está nublado porque nunca dejamos al sol entrar; lo exiliamos, como a un Mefistófeles astral. La noche reina sobre nuestra desdicha pero para estar bien seguros de evitar la redención dorada, nos blindamos con una capa de humo, tan espesa como la muerte. Quizá ya es de día pero no hay modo de saberlo.
Renunciamos a ser felices y optamos por el ruido que distrae a nuestro dolor; templanza es la virtud, indiferencia la salvación. No me importa que las ratas muerdan mis axilas, yo el único apego que tengo es a las cucarachas que habitan en mi pantalón.
Aquí sólo esperamos algo… Que todo se acabe (pero no tenemos prisa). Un día el monstruo dejará de oler y aparecerá para devorarnos a todos (sería un agradable detalle que también alcance a las aves burlonas y triture sus alas), que las cabezas, ratas, labios, cucarachas, riñones y anhelos se fundan en ácido gástrico. La justicia llegará cuando todos seamos repulsivas alimañas regurgitadas.
Y al final, en modo de catarsis, ¡que llueva! Como nunca ha ocurrido, para absolver el pecado mortal del monstruo (comerse a toda la inmundicia sí que es algo grave) y que sea condecorado como héroe de guerra; de premio: un trueno que lo cercene y granizos enormes que le sirvan de tumba.
¡Bienvenido al pantano colega! Aquí los sueños azules, como el mío apocalíptico, son bien vistos. ¿Qué pasa? Tranquilo, aquí nadie espera nada de nadie, si ya no sueñas, tampoco hay problema.
Únicamente te quería dar unas palabras introductorias, viajero del tiempo. ¡Adelante! ¡Disfruta del futuro! Bienvenido a la ciudad… Por cierto, cuidado con las fauces de los topos, ya son más de cincuenta.


- Junio, 2012.

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